martes, 25 de mayo de 2010

NI BLANCA NI RADIANTE

En escuelas y cabarets, en bares y sociedades de Fomento, en bibliotecas y estudios de TV, en sobremesas navideñas y charlas debate la pregunta sobrevuela, y lo que es peor, aterriza, y salpica (pero ya sin sorpresa): ¿y vos, que vivís de 'eso', cómo hacés cuando no se te ocurre nada para escribir?. Entonces hay un silencio durante el cual el interrogador espera que uno le diga 'me pego un tiro', o algo así. De modo que yo llevo encima una carta -el simulacro de una carta, si quieren-, que he fotocopiado y entrego a cada preguntón como respuesta, para no andar con desmañadas o amañadas justificaciones. ¡Es que yo no creo en la amenaza de la página en blanco!; esa batalla no me desvela, y hasta me excita, pero hasta ahí: como podría excitar una mujer totalmente desnuda, es decir, menos que otra a medio vestir o desvestir, a punto de ser acariciada o que comienza a serlo, lo cual asupicia fogosidades mejores. Y ahí está la pelea que entusiasma y enardece: mi carta habla de esa situación. Del primer encontronazo con la página, cuando el autor se ha jugado la vida de la obra apoyándole la birome a la hojita que (oh) ya no es ni blanca ni radiante. Entonces, como a una novia, como a una futura ex, uno le escribe las cosas que le pasan.

Dice, por ejemplo:

Y pensar que hasta hace poco eras tan virgen como es posible en estos días: una página en blanco capaz de la frase perfecta, del párrafo ideal, del poema irreprochable.
Y sentir que hasta no hace mucho hubieses podido abrigar el trazo fino con que comienza a dibujarse un paisaje irreal de tan verdadero, la escena cumbre de la mejor historia, el verso más profundo, una idea definitivamente luminosa o la mejor canción.
Y ver que ya no sos más inocente, que tu piel blanca tiene las manchas, los olores y la textura de la vida, y muestra el mapa de un destino para que yo lo cumpla o no.
Y escuchar tu silencio tembloroso, comprobarte ahí, tal vez incorregible, suspendida en una vacilación de presagio, despeinada en tachones, hurgándote la nariz de la desmemoria, parando la oreja del asombro, chasqueando la lengua de las dudas, tragando la saliva del deseo, temblando -como una hoja- por esta celebración vertical, tensa, inclaudicable, con que te penetré y me hiciste tuyo.
Y saber, luego de haberme derramado a fondo, que ahora yo también soy menos virgen; asumir que nuestros rumbos irán separándose, que al final de esta fiesta no nos debemos nada, y tu destino es abandonarme por el primero que te ponga los ojos encima mientras yo me busco a otra que tenga menos arrugas y prometa nuevos márgenes de libertad (amor: con cada vuelta de hoja la vida recomienza).
Y agradecer que me hayas abierto esas piernas alas generosas para que yo te dedique unos cuantos fervores, y ahora alumbres este torpe montoncito de frases que se parece un poco a mí.

Edgardo Ariel Epherra

2 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Ja! Qué rollo embarazoso ser la hojita de un escritor así.

Anónimo dijo...

Y pensar que esta "hojita" me acercó a tu saber literario...!

un abrazo desde este otro ataque mío de "hoja blanca y radiante"

Cleo