lunes, 31 de mayo de 2010

AHORA VIENE LO MEJOR


Si no esperas no te sobrevendrá lo inesperable (Heráclito).

Celebremos como es bebido los mejores hallazgos,
y más: las mejores búsquedas.

Lic. Edgardo Ariel Epherra
http://www.carillalibre.blogspot.com/
http://www.fnarbahiablanca.blogspot.com/

viernes, 28 de mayo de 2010

OBLIGACIONES DEL POETA

Gioconda Belli publicó estos versos
en su libro El ojo de la mujer (1991):

Que nunca te dé por sentirte
intelectual privilegiado,
cabeza de libro,
serrucho de conversaciones,
mustio pensador adolorido.
Vos naciste para desgranar estrellas
y descubrir la risa
de la muchedumbre
entre los árboles,

naciste blandiendo
el futuro

mirando por ojos, manos,
pies, pecho, boca;

adivino del porvenir
agorero de días de los que el sol
aún ignora su paternidad,
fuiste engendrado en noches de luna
cuando aullaban los lobos y corrían enloquecidas las luciérnagas.

jueves, 27 de mayo de 2010

EL TIEMPO, LOCURA, TODO

Me escucho la respiración, aquí donde nadie respira. Y soy casi nadie: apenas un tipo que patea piedritas por las calles desangeladas del cementerio, oye el susurro de los álamos, mira las nubes y se sienta a llorar laboriosamente sobre la tumba de su padre. A la ceremonia no le falta obviedad: mocos sobre el bronce, flores podridas, y mis ojos interrogando las baldosas que bordean el mármol con su resignación de hormigas y de yuyos.
Luego de cinco semanas debatiéndose contra una jauría de forenses en un centro privado de salud papá se bajó de este mundo a los 73 años, pródigo hasta el final con una vida que le fue quitando todo.
Me acuerdo del viejo en la cocina de casa, después de brindar en familia por un premio literario que recibí de una incierta corporación. “Hay premios que te dan por las cosas buenas que hiciste, y otros que te dan por las malas que esperan que hagas”, me dijo. Y después no me habló más por un buen tiempo, hasta que decidió que lo había entendido.
Ahora miro callado su retratito en sepia.
Descreyente, decía ser mi padre. Cuando los médicos reconocieron que ya habían hecho todo el mal posible dejaron que Dios perfeccionara el trabajo; entonces nosotros le llevamos un cura, pero el viejo mantuvo su corazón ateo hasta el último latido.
Por eso la foto suya de joven y amurada a esta cruz es perturbadora: luce un peinado a la gomina, y tiene para siempre veinticinco años, media sonrisa y esa mirada de los que todavía no saben. Es que por entonces no pudo imaginar que se estaba haciendo una foto para que lo crucificaran, y que desde ella vería a un tipo que lo dobla en edad, y ahora llega pateando piedritas entre las tumbas y le dice ‘papá te quiero’.
Desde su cruz, a la orilla del pozo que lo guarda en la tierra el viejo es más joven y optimista que yo: me clava los ojos, y le sostengo la mirada mientras empiezo a contarle novedades de sus nietas y mis libros. Yo siempre fui una especie de fantasma del cual no supo si sentir culpa u orgullo, y él era ese hombre concreto, hueso duro y carne viva. Ahora cada uno se convirtió en el otro. Ya es más nunca que tarde pero nos seguimos mirando callados, y ninguno de los dos se entera de la lluvia mansa que cae desde hace un rato sobre el cementerio.
Mucha gente llama a todo esto la vida real.
Edgardo Ariel Epherra (del libro 'Pasiones sin retorno')

miércoles, 26 de mayo de 2010

RESCATE



Saltar al abismo
eligiendo el abismo,
quemarse en el propio fuego,
no usar las alas sólo para bajar sin riesgo
y acunar un racimo de dos o tres nostalgias.
A duras penas eso
salva el final del día...

Edgardo Ariel Epherra

martes, 25 de mayo de 2010

NI BLANCA NI RADIANTE

En escuelas y cabarets, en bares y sociedades de Fomento, en bibliotecas y estudios de TV, en sobremesas navideñas y charlas debate la pregunta sobrevuela, y lo que es peor, aterriza, y salpica (pero ya sin sorpresa): ¿y vos, que vivís de 'eso', cómo hacés cuando no se te ocurre nada para escribir?. Entonces hay un silencio durante el cual el interrogador espera que uno le diga 'me pego un tiro', o algo así. De modo que yo llevo encima una carta -el simulacro de una carta, si quieren-, que he fotocopiado y entrego a cada preguntón como respuesta, para no andar con desmañadas o amañadas justificaciones. ¡Es que yo no creo en la amenaza de la página en blanco!; esa batalla no me desvela, y hasta me excita, pero hasta ahí: como podría excitar una mujer totalmente desnuda, es decir, menos que otra a medio vestir o desvestir, a punto de ser acariciada o que comienza a serlo, lo cual asupicia fogosidades mejores. Y ahí está la pelea que entusiasma y enardece: mi carta habla de esa situación. Del primer encontronazo con la página, cuando el autor se ha jugado la vida de la obra apoyándole la birome a la hojita que (oh) ya no es ni blanca ni radiante. Entonces, como a una novia, como a una futura ex, uno le escribe las cosas que le pasan.

Dice, por ejemplo:

Y pensar que hasta hace poco eras tan virgen como es posible en estos días: una página en blanco capaz de la frase perfecta, del párrafo ideal, del poema irreprochable.
Y sentir que hasta no hace mucho hubieses podido abrigar el trazo fino con que comienza a dibujarse un paisaje irreal de tan verdadero, la escena cumbre de la mejor historia, el verso más profundo, una idea definitivamente luminosa o la mejor canción.
Y ver que ya no sos más inocente, que tu piel blanca tiene las manchas, los olores y la textura de la vida, y muestra el mapa de un destino para que yo lo cumpla o no.
Y escuchar tu silencio tembloroso, comprobarte ahí, tal vez incorregible, suspendida en una vacilación de presagio, despeinada en tachones, hurgándote la nariz de la desmemoria, parando la oreja del asombro, chasqueando la lengua de las dudas, tragando la saliva del deseo, temblando -como una hoja- por esta celebración vertical, tensa, inclaudicable, con que te penetré y me hiciste tuyo.
Y saber, luego de haberme derramado a fondo, que ahora yo también soy menos virgen; asumir que nuestros rumbos irán separándose, que al final de esta fiesta no nos debemos nada, y tu destino es abandonarme por el primero que te ponga los ojos encima mientras yo me busco a otra que tenga menos arrugas y prometa nuevos márgenes de libertad (amor: con cada vuelta de hoja la vida recomienza).
Y agradecer que me hayas abierto esas piernas alas generosas para que yo te dedique unos cuantos fervores, y ahora alumbres este torpe montoncito de frases que se parece un poco a mí.

Edgardo Ariel Epherra